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Detectives internacionales

Cuando el método deductivo nos llevó de Barcelona a París

Cuando eres detective privado, sabes donde empieza la investigación pero no donde acaba. En esta ocasión acabamos a orillas del Sena. Bueno… a veces ni siquiera sabes donde empieza.

Nuestros detectives para empresas se enfrentaban a un caso típico de baja laboral fraudulenta. El investigado vivía en una calle peatonal especialmente estrecha. No teníamos posibilidad de ocultación ninguna y nos pasábamos todo el día en un portal u otro.

Al cabo de los pocos días, los comerciantes de la zona miraban con desconfianza a aquel desconocido plantado a pocos metros de ellos e incluso uno nos encaró para preguntarnos qué hacíamos allí. Identificarse en esas ocasiones puede resultar problemático porque es muy posible que conozcan al vecino en cuestión. Pero la alternativa tampoco era halagüeña, porque si no tranquilizamos a nuestro interlocutor, lo lógico es que llame a la policía local para identificarnos. Con lo que eso comporta: Coches patrulla, policías que actuarán con total cautela, identificación y poco más. Pero el espectáculo ya está montado.

Decidimos identificarnos y el restaurador nos mostró su simpatía mientras añadía que algo así sospechaba :)

En aquel caso nos hicimos con un bastón-silla (al que ya hemos hecho referencia anteriormente). Es un bastón que en la zona del mango, tiene un juego de bisagras y un par de plataformas que se abre y en el cual te puedes sentar. Lo venden tanto en tiendas de ortopedia como en las tienda de caza y sirve precisamente a ancianos y cazadores.

Se te ve un poco ridículo sentado en ese artilugio e incluso, años más tarde, salió en un capítulo de Big Bang Theory, destacando (por supuesto) las facetas más estúpidas del bastón. Personalmente, no me gusta utilizarlo pero cuando has de pasarte muchas horas de pie en un lugar, se agradece como agua de Mayo.

Pues estábamos en la situación de una calle minúscula, con la complacencia de algún que otro comerciante y sin resultados. El investigado no salía, le veíamos cuando salía al balcón y se pasaba largo tiempo tomando el poco sol que le llegaba. Aquella situación era una pérdida de tiempo y de dinero.

Aunque sabíamos por el historial del caso que se trataba de una baja fraudulenta, su intención no era irse de vacaciones o emplearse en un segundo trabajo. Su pretensión era fastidiar a la empresa.

Por supuesto, buscamos sus perfiles en redes sociales y al principio no vimos nada relevante. Pasaron las semanas y la frustración del cliente iba en aumento. Lo cierto es que habíamos conseguido pequeños avances. Se le veía risueño, cargando las bolsas de la compra, micro-colaboraciones profesionales que había llevado a cabo durante la baja y poco más.

Cada cierto tiempo volvíamos a sus redes sociales, las cuales estaban bastante capadas. Y entonces vimos algo que nos sorprendió. En diferentes entradas de su perfil, solo publicaba números. En alguno que otro, quizás añadía un emoji.

Vimos las fechas de las publicaciones y cotejamos con lo que había escrito en ellas. ¡Era una cuenta atrás! ¿Pero de qué?

La cuenta atrás nos daba una fecha. Buceamos en internet y vimos que se trataba de un evento en París relacionado con su perfil formativo y que además ya había asistido hacía unos años. Blanco y en botella. ¡Nos íbamos a ir a París!

Aquel se había convertido en un caso internacional con elementos holmesianos. Nos sentíamos como si hubiéramos descubierto el caso de los monigotes danzantes.

Monigotes danzantes de Sherlock Holmes

Sacamos los billetes en el vuelo más barato y supusimos que el investigado haría lo mismo.

No sabíamos el día exacto en que cogería el avión. Ni siquiera sabíamos si iba en avión. De hecho tampoco sabíamos si iba a ir a París, pero ese es nuestro trabajo. Sacar conclusiones y esperar no estar errados.

Decidimos pensar que la cuenta atrás marcaba el viaje y su vuelo (como el nuestro) sería el más barato posible. Tras comprobar todos los vuelos de ese día, nos presentamos a primera hora en la terminal del aeropuerto de Barcelona. Efectivamente apareció al segundo vuelo y le seguimos hasta la zona de control de seguridad. No había ninguna duda, al día siguiente nos veríamos en París.

No sabíamos donde se alojaba pero sabíamos que pasaría por el evento que se hacía a orillas del Sena y duraba un fin de semana. Cabe decir que quienes fuimos allí, sabemos lo mínimo de francés. Las guías de viaje, las máquinas de vending y el inglés sortearon todas las dificultades pero nuestra preocupación eran los gendarmes.

Si ya resulta sensible explicar a un policía de tu país que eres detective privado, explicaselo a un gendarme, sin conocer el idioma y espera a que te entienda. En aquel mismo viaje (en otro momento del día) pregunté por el Museo del Louvre a un indígena. lo hice con todas las entonaciones posibles y mi interlocutor (con media sonrisa en la boca) me dijo que no me entendía. ¡Venga ya! ¡Todavía le estoy esperando cuando ese gentil ciudadano francés venga a veranear a Cambrils y me pregunte por Port Aventura! ¡Tengo buena memoria para las ofensas! :)

Pues bien, nos plantamos con todas las cautelas posibles en el edificio en cuestión y al cabo de unas tres horas apareció. Se pasó en el lugar todo el día y hasta comimos juntos en un pequeño restaurante hipster (medio de zumos, medio vegetariano) donde los comensales, sin conocerse, compartían mesa y banco.

No vamos a entrar en legislación, doctrina y jurisprudencia acerca de eso de viajar al extranjero estando de baja laboral. Ese no es nuestro negocio e internet está plagado de guías al respecto. Lo único que diremos es que si no viajas para tratar tu dolencia, no te lo recomendamos.

La cuestión es que gracias a nuestras dotes deductivas cerramos el caso, visitamos Notre Dame, la Torre Eiffel y sí… encontramos el Louvre :)
 

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